Íbamos para nada, pero nos volvimos con todo
Lo maravilloso lo será contigo y cuando tú ya no sigas aquí.
Lo maravilloso también sucederá cuando menos te lo esperes y en los sitios más insólitos, te cogerá lo suficientemente desprevenido como para que no tengas muy claro si lo que te está pasando es maravilloso o una especie de experiencia psicotrópica en la que participas tú y todos los que te acompañan. La vida es así, un paseo por la rutina, hasta que te dispara un sobresalto y decides participar de ese tiro como el que da vueltas sobre sí mismo y para de golpe, totalmente fuera de ti.
Así nos vimos un 4 de agosto La Tía de Negro y su consorte, conduciendo hacia lo más tedioso que se pueda dar en la vida y frenando delante de uno de los mejores disparos que nos iba a dar el 2018, el instante que parecía que no nos iba a aportar nada más que un disgusto, nos trajo de un empujón a un camino que pensábamos no retomaríamos jamás: un gato, un gato gris, pequeño, muerto de miedo, tanto como yo, que pensaba que se me salía el alma por el pecho, a patadas con los pulmones y a codazos con el corazón.
Y aquí estaba yo, al principio de un camino que no había pedido y que estaba lleno de curvas, de baches y que aún encima había entrado en él, por una rotonda, incorporándome a un autopista, con 5 microinfartos y muchos gritos, sin haberlo pedido ni yo ni el gato que estaba maullando como loco en mis manos, calla gatito que aún no sé qué vamos a hacer contigo.
Yo soy de las que dicen que en la vida hay poquísimas verdades absolutas y que las situaciones las veremos siempre desde distintos ángulos, pero que una de las verdades absolutas que deberían acompañar a cualquier ser humano es la de "a lo hecho pecho" y si además de pecho (que yo soy de poco pecho, soy plana vamos) le ponemos un poco de corazón y un buen veterinario, seguramente entremos en otra de esas verdades absolutas, "esnifar a quien has salvado la vida, te une para siempre a él".
Así que una vez esnifado el gato gris, pasadas dos semanas de miedos, bufidos, arañazos y mordiscos, llegó el día del nombre, el día que nació Pistón fue un 18 de agosto, nos acercamos, yo lo abracé, él me esnifó y me convirtió en la mamá de Pistón, el gato gris que llegó a mí por un disparo de la vida, de esos que no deberíamos dejar pasar nadie, de los que traen todo lo maravilloso que no te esperabas y ni siquiera se te había ocurrido pedir.
De lo que nos ha pasado en estos meses juntos, os lo explicaré otro día.
Lo maravilloso también sucederá cuando menos te lo esperes y en los sitios más insólitos, te cogerá lo suficientemente desprevenido como para que no tengas muy claro si lo que te está pasando es maravilloso o una especie de experiencia psicotrópica en la que participas tú y todos los que te acompañan. La vida es así, un paseo por la rutina, hasta que te dispara un sobresalto y decides participar de ese tiro como el que da vueltas sobre sí mismo y para de golpe, totalmente fuera de ti.
Así nos vimos un 4 de agosto La Tía de Negro y su consorte, conduciendo hacia lo más tedioso que se pueda dar en la vida y frenando delante de uno de los mejores disparos que nos iba a dar el 2018, el instante que parecía que no nos iba a aportar nada más que un disgusto, nos trajo de un empujón a un camino que pensábamos no retomaríamos jamás: un gato, un gato gris, pequeño, muerto de miedo, tanto como yo, que pensaba que se me salía el alma por el pecho, a patadas con los pulmones y a codazos con el corazón.
Y aquí estaba yo, al principio de un camino que no había pedido y que estaba lleno de curvas, de baches y que aún encima había entrado en él, por una rotonda, incorporándome a un autopista, con 5 microinfartos y muchos gritos, sin haberlo pedido ni yo ni el gato que estaba maullando como loco en mis manos, calla gatito que aún no sé qué vamos a hacer contigo.
Yo soy de las que dicen que en la vida hay poquísimas verdades absolutas y que las situaciones las veremos siempre desde distintos ángulos, pero que una de las verdades absolutas que deberían acompañar a cualquier ser humano es la de "a lo hecho pecho" y si además de pecho (que yo soy de poco pecho, soy plana vamos) le ponemos un poco de corazón y un buen veterinario, seguramente entremos en otra de esas verdades absolutas, "esnifar a quien has salvado la vida, te une para siempre a él".
Así que una vez esnifado el gato gris, pasadas dos semanas de miedos, bufidos, arañazos y mordiscos, llegó el día del nombre, el día que nació Pistón fue un 18 de agosto, nos acercamos, yo lo abracé, él me esnifó y me convirtió en la mamá de Pistón, el gato gris que llegó a mí por un disparo de la vida, de esos que no deberíamos dejar pasar nadie, de los que traen todo lo maravilloso que no te esperabas y ni siquiera se te había ocurrido pedir.
De lo que nos ha pasado en estos meses juntos, os lo explicaré otro día.


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